Resumen
La mamografía para el
cribado de cáncer de mama es un programa que habría que abandonar pues causa
más daños que beneficios. Lo sabemos hace más de treinta años.
Si fuera un medicamento
no habría entrado nunca en el mercado, y en todo caso, nunca se hubiera
utilizado.
El cribado mamográfico
diagnostica como pacientes con cáncer de mama a miles de mujeres sanas que
nunca desarrollarían cáncer de mama “maligno”. El tratamiento de estas mujeres
sanas aumenta las mastectomías y muertes evitables (por ejemplo, por enfermedades
del corazón y cáncer). Por ello, el cribado mamográfico, en los mejores
programas, disminuye ligeramente la mortalidad por cáncer de mama, pero no
disminuye ni la mortalidad por cáncer en general, ni la mortalidad global, ni
alarga las vidas, ni “salva” las mamas, y a cambio crea un ejército de mujeres
“sobrevivientes en falso” al cáncer de mama (creen vivir gracias a la
mamografía pero en realidad viven “pese” a la mamografía).
Es decir, se incrementa
por miles el número de cánceres diagnosticados sin la mejora proporcional de la
disminución de muertes por cáncer de mama (que decrece básicamente por los
mejores tratamientos, no por el “diagnóstico precoz”).
Los resultados son
persistentes y en tres décadas siempre se prometen “mejores cribados” pero los
daños siguen siendo los mismos, y crecientes cuanto mayor es el número de
mujeres sometidas a la mamografía.
Es indecente la
iniciativa del Ministerio de Sanidad de España de mantener el programa de
cribado de cáncer de mama con mamografía, y más todavía el ampliarlo de 50 a 69
años para pasar de 45 a 74 años. Es un ejercicio de malicia sanitaria, de hacer
algo mal a sabiendas, quizá por populismo, por el beneficio electoral al
aprovecharse del analfabetismo estadístico de población y profesionales.
